Conciencia Negra contra el Apartheid Porteño

Jorge Macri ya lanzó su campaña por la reelección. Si el macrismo pretende profundizar un modelo de ciudad basado en la segregación, la oposición no puede limitarse a prometer una gestión más eficiente. El desafío es construir una nueva mayoría política capaz de disputar el sentido común que sostiene el Apartheid Porteño.

Por Federico Pita

Operativo Marea Azul 450 policías de la Ciudad se desplegaron en corredores del Metrobús y centros de trasbordo. Plaza Constitución. @gcba

Jorge Macri anunció que buscará un nuevo mandato en 2027. Su candidatura anticipada expresa la decisión explícita de profundizar un modelo urbano de casi dos décadas, el cual convirtió la segregación en un principio de gobierno. Esta avanzada local responde a una internacional reaccionaria coordinada en laboratorios de Miami y think tanks estadounidenses que diseñan plataformas de exclusión a nivel continental. Mientras tanto, quienes padecemos cotidianamente este modelo todavía no logramos construir una mayoría política capaz de disputarlo. ¿Por qué?

Hace algunas semanas propuse pensar a Buenos Aires como un Apartheid Porteño, un régimen urbano de segregación de facto sostenido por racismo institucional, administración diferencial de derechos y criminalización sistemática de la pobreza. Los desalojos masivos, los operativos policiales en villas, la “Prioridad Porteña” para acceder a hospitales, la desigual distribución de espacios verdes y la ausencia de una política seria de acceso a la vivienda responden a una misma matriz racional. Esta matriz ideológica funciona bajo la premisa implacable de que el valor de una persona y sus derechos ciudadanos están determinados por su capacidad de consumo, su lugar en el mercado inmobiliario formal y su pertenencia social. Son la prueba de una ciudad que administra de manera desigual quién tiene derecho a habitarla y quién debe ser desplazado hacia sus márgenes.

El éxito político del macrismo radica en haber construido ese régimen y, fundamentalmente, en haber convertido esa lógica de exclusión en sentido común. A través de la figura del “porteño de bien”, la derecha local logró transformar esa matriz en una frontera moral que separa a quienes supuestamente merecen la ciudad de quienes aparecen como una amenaza para el orden urbano, como el villero, el migrante, el vendedor ambulante, el reciclador, la persona en situación de calle, el joven del conurbano o el negro. Al asimilar este discurso, los sectores integrados dejan de percibir la desigualdad como una injusticia social y pasan a validarla como un mecanismo legítimo y necesario de protección.

Frente a esa operación política, buena parte del campo nacional y popular continúa respondiendo con categorías que pertenecen a otro momento histórico. La discusión actual se agota en quién administra mejor el presupuesto, quién limpia mejor las calles o quién gestiona con mayor eficiencia los servicios públicos. Todo eso importa, pero resulta insuficiente. El macrismo construyó una identidad política y una explicación emocional del mundo que organiza pertenencias y produce un “nosotros”, mientras la oposición se repliega en el lenguaje exclusivo de la gestión.

Por eso la política porteña permanece atrapada en un balotaje eterno, entendido como ese escenario repetitivo donde la oposición se estanca siempre en la segunda vuelta frente al oficialismo local. Es una competencia monótona entre proyectos que disputan la administración de la ciudad sin cuestionar el régimen urbano que organiza sus desigualdades más profundas. En este empate político artificial, la rebeldía, el malestar y la frustración social terminan siendo aprovechados por quienes prometen profundizar la exclusión, ante la falta de una alternativa que rompa ese techo electoral y combata el modelo con verdadera radicalidad.

Es aquí donde la Conciencia Negra formulada por Steve Biko adquiere una actualidad inesperada. Biko comprendió que el sostén de cualquier apartheid requiere que las personas oprimidas acepten e internalicen la imagen degradada que el poder construyó sobre ellas. Por eso definía la Conciencia Negra como una actitud política afirmativa: la decisión consciente de reconocerse como protagonista de la propia historia, superando la mirada del opresor.

Traducida a la Buenos Aires de hoy, la Conciencia Negra remite a la experiencia de las mayorías populares que reconocen compartir una misma estructura de dominación, más allá de las formas diversas que adopte. Implica, en primer lugar, saberse explotadas por un modelo económico local que precariza la existencia a través de las plataformas de aplicativos como Uber o Rappi, mientras desprotege a los taxistas tradicionales frente a esas mismas corporaciones. Es la vivencia de una fuerza laboral que sostiene el funcionamiento diario del distrito más rico del país, pero cuyos ingresos se licúan ante una estructura tributaria diseñada para eximir de impuestos a las grandes fortunas y corporaciones inmobiliarias.

En segundo lugar, implica saberse excluidas de una ciudad que administra de manera desigual sus derechos más elementales. Esta exclusión se materializa en el vaciamiento sistemático de la salud y la educación pública y encuentra su nudo crítico en el drama habitacional de más del 40% de los porteños y porteñas que alquilan sin ninguna perspectiva de acceso al crédito hipotecario. El gobierno local orienta su discurso a estigmatizar “okupas” y a ejecutar desalojos violentos con el único fin político de tapar la ausencia total de una política pública de vivienda que proteja a los inquilinos y a los sectores populares.

Finalmente, demanda saberse perseguidas por un aparato represivo que selecciona qué cuerpos resultan sospechosos y cuáles son bienvenidos. Esta persecución se ejecuta a través de dispositivos de saturación como el megaoperativo Marea Azul, que despliega miles de efectivos con sistemas de identificación digital en centros de trasbordo y subtes para requisar a los trabajadores que ingresan a la Capital. El racismo institucional porteño encuentra un reflejo nítido en procedimientos como la Operación Tormenta Negra, una intervención de control militarizado focalizada de manera exclusiva en las villas de la Ciudad. Esta política de control y portación de rostro que Jorge Macri justifica bajo la supuesta defensa de la gente de bien se complementa y perfecciona mediante operativos migratorios conjuntos con las fuerzas federales en los barrios del Sur.

Operativo Marea Azul Más de 270 policías controlaron simultáneamente 16 estaciones de subte y premetro. Estación Constitución. @gcba

La potencia de la Conciencia Negra reside en su capacidad de proponer una transformación subjetiva frente a este escenario. El racismo institucional triunfa cuando quienes padecen la exclusión internalizan el espejo del opresor y asumen el lenguaje estigmatizante con el que son nombrados en el discurso público, aceptando etiquetas como fisuras, trapitos, okupas o planeros. Esta propuesta rompe ese espejo degradante para convertir el estigma en dignidad y la dignidad en organización política.

Por eso la Conciencia Negra constituye una estrategia política concreta, lejos de ser una consigna identitaria o una reivindicación folclórica. Significa construir poder desde abajo de forma autónoma, prescindiendo de pedir reconocimiento a quienes administran la exclusión. El objetivo real es disputar el derecho de las mayorías a definir el proyecto de ciudad en el que queremos vivir, sin buscar un simple cambio de roles o la creación de nuevos privilegios, sino destruyendo las desigualdades de raíz.

Las estadísticas sobre participación política ofrecen una pista decisiva para quebrar este modelo, revelan que cerca de un 40% del electorado —mayormente compuesto por jóvenes y sectores populares de las zonas postergadas— decide no acudir a las urnas. Este ausentismo no responde a la apatía, sino a un legítimo desencanto frente a una rosca institucional que no ofrece respuestas materiales elementales. Mientras la ultraderecha intenta capturar ese malestar a través del individualismo, el campo nacional y popular tiene el desafío de traducir el abandono en organización comunitaria, recurriendo a esa potencia territorial para construir la mayoría que la política tradicional ya no convoca.

Si Buenos Aires se convirtió en un laboratorio racial, es porque la derecha porteña logró algo verdaderamente perverso, que es ensayar nuevas formas de segregación compatibles con las formas democráticas. Para romper este experimento de exclusión invisible no alcanzan las recetas de siempre ni las respuestas convencionales. Hace falta construir una mayoría que vuelva a creer en su propia capacidad para transformar la ciudad, superando la ilusión de que el mero desgaste del macrismo producirá una alternancia electoral o una mejor administración del mismo modelo urbano.

Jorge Macri ya decidió cuál será su horizonte para los próximos años. El desafío para quienes soñamos con una Buenos Aires más justa es discutir las estructuras profundas del poder local, más allá de un recambio de gobierno. Derrotar el Apartheid Porteño exige una nueva conciencia política. Y toda conciencia verdaderamente transformadora comienza cuando los de abajo rechazamos el lugar que el poder nos asignó y decidimos escribir, colectivamente, una historia diferente.

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